Xhochi

 

Por Keren Preciado

Yo soy Xhochi, vivo con mis abuelos desde muy pequeña. Somos parte de una tribu lejana y olvidada cerca de la ribera del río, en la zona media del país, entre desfiladeros, cañones y colinas. Mi abuelo cuenta que hemos sufrido ataques de otras tribus, los cuales nos han hecho más fuertes.

Mis padres han estado ausentes por muchos años, mis abuelos siempre me han dicho que salieron a cazar y nunca más regresaron. Otros dicen que se volvieron polvo por una maldición, otros más que fueron a la montaña y jamás regresaron.

 

Cuando cae el atardecer el sol se esconde cobardemente detrás de una majestuosa montaña, que siempre tiene en su cima una nube que cambia de oscuro a claro dependiendo la estación del año.

Mi abuelo es el chamán mayor de la aldea, un hombre sabio y lleno de historias. Dice que en esa montaña cuando el primer rayo del amanecer aparece sale una mujer conocida como “La Diosa Tòxil”. Cuenta que, con su gran belleza y astucia, enamoró y embriagó a Lonìm Dios de la sabiduría,  la cual le robó y guardó en un cofre que tiene en su poder. El padre de Lonìm, furioso, lo encerró en el inframundo, debajo de esa montaña y a Tòxil le sacó los ojos para que no pudiera encontrarlo nunca. A su familia trajo desdicha y maldición por lo que fue confinada por los dioses a vivir hasta el fin de sus días en el mundo de los vivos, sola en la montaña. Dicen que esa hermosa cascada que cae de la montaña son las lágrimas de las almas de los valientes que han emprendido su viaje en busca del cofre.

Toxìl es hermosa y en cuanto aparece te hipnotiza con su belleza, sonriendo se acerca despacio y tu cuerpo se paraliza por completo y te va dejando sin vida, con la mirada perdida y las pupilas blancas.

Se dice que una valiente mujer enfrentó a Toxìl. Ella deseaba la sabiduría para encontrar la cura de su hija que se encontraba enferma, y de todos los viajeros fue la única que logró regresar, aunque sin habla, con una expresión de horror y sus pupilas completamente blancas. Cuentan que se arrastró durante días hasta que la encontraron en el borde de la montaña y la trajeron de vuelta.

Te peguntaras cómo es que la diosa no pudo tomar su vida completamente, fue gracias a una poción, preparada por un ancestro, que pudo minimizar el daño. Los aldeanos cuentan que la anciana que cuida de ella es un espectro.

 

He querido ir a la montaña a investigar por mi propia cuenta si es verdad esa mítica historia, pero la última ocasión que lo intenté mi abuela me sorprendió y me hizo jurar por todos los dioses que no volvería hacerlo.

Cuando pregunto a mis abuelos por mis padres, me responden que a ellos los cuidan nuestros ancestros, y que se encuentran en el aire, en las flores, en todas partes, velando por mí, después mi abuela llora y opto por no preguntar más.

 

A nuestra tienda llegan personas de varios lugares, incluso a veces hacen viajes largos, para pedirnos remedios que van desde aliviar un torzón, hasta curar el corazón. Los rituales más difíciles los lleva a cabo mi abuelo mientras yo lo asisto pasándole lo que me solicita durante la ceremonia.

Hace unos días vino una señora, ocultaba su rostro pero pude ver su edad en las arrugas de sus manos,  a encargarme algo inusual. Ya que la receta tenía especificaciones un poco extrañas y puntos de ebullición exactos, le pedí ayuda a mi abuelo. Me extrañó que la mujer no hubiera regresado.

Como necesitaba algo de hierba maestra, naranja cucha, non, algunos vegetales para la casa y también algo de pan, decidí ir a los puestos rodantes a conseguirlos y, para mi sorpresa, ahí estaba esa anciana encapuchada. Parecía tratar de escabullirse entre la gente, la seguí hasta su hogar al que entró rápidamente y cerró la puerta.

—¡Señora! Solo le quiero decir que ya está lista su receta, puede pasar por ella cuando guste. ¡Señora!

Me asomé por la puerta en busca de la anciana. Nadie atendía, era extraño porque acababa de entrar. La llamé en varias ocasiones sin obtener respuesta, extrañada, decidí entrar. La casita olía a humo de incienso. Se sentía sola. Había en el centro unas cortinas que dejaban entrever una cama y un bulto claramente de una persona.

—¡Pero acaba de entrar, no puede ser ella!  ¿Está dormida? —pregunté.

Abrí las cortinas, había una mujer acostada en la cama, con un vestido verde musgo de hermoso encaje, con sus pies descalzos.

—¿Hola? No se asuste, me llamo Xhochi, soy nieta de Ikal, chaman mayor de la aldea. ¿Disculpe, aquí vive una ancianita? Es que me encargó un brebaje y vine porque creo que ha olvidado ir por él.

Escuché quejidos mientras hablaba, me acerqué y al ver su rostro llevé mis manos a la boca para no soltar un grito y ser imprudente. Lo sabía, era ella, la mujer valiente de la leyenda de mi abuelo, su cuerpo estaba tenso, su respiración era muy fuerte y desesperada.

Me asusté y volví a llamar a la anciana, no apareció nadie. Regresé con la mujer y no supe que hacer. Comencé a cantar una canción que solía cantarme mi abuela cuando yo tenía pesadillas o tenía algún mal. La mujer se tranquilizó, parecía escucharme atentamente. Sus lágrimas resbalan por sus mejillas hasta terminar en su cabello. Su respiración se fue normalizando.

—¡Es un gusto conocerla! Me tengo que ir. Ojalá le pudiera dar mi recado a la ancianita.

Me di la media vuelta pero escuché un sollozo. Si me iba no estaría tranquila, así que me senté al borde de la cama. Sentí las frías y delgadas manos de la mujer tomar una de  las mías, la estiró y me dio un pequeño frasquito que contenía un diminuto pergamino. Lo abrí y tenía un escrito. No sabía lo que decía exactamente, pero esos signos los había visto en algún libro del abuelo así que salí corriendo hacia mi tienda, algo me trataba de decir.

 

Llegué agitada, me senté desesperada, tomé de la biblioteca del abuelo sus libros más antiguos y fui descifrando signo por signo hasta traducir todo el escrito.

No había duda, era la receta original que me trajo la anciana, la de la leyenda de mi abuelo.

—¡No puede ser, esta mujer es la que regresó con vida! ¡No hay duda!

Escuché un fuerte estruendo y salí corriendo, no podía creer lo que acababa de descubrir, tenía la poción en mis manos para saber la verdad sobre mis padres, saber dónde estaban y traerlos de vuelta.

No me podía sacar de la cabeza el encuentro con esas dos mujeres. ¿Sería real que la anciana era un espectro? En mi cabeza rondaban muchas preguntas pero no había tiempo para buscar las respuestas, tenía que ir a la montaña. Estaba decidida. Las instrucciones decían que la poción debía tomarse seis horas antes del amanecer. Cayó la noche y emprendí el viaje a la montaña, cuando llegué amarré a mi caballo a un árbol y seguí el camino sola. Con mis padres siempre en mi mente, caminé por varias horas en el difícil y ascendente camino hasta la cima, cuando llegué faltaba muy poco para el amanecer. Busqué la roca más alta y me quedé sentada a esperar, dándole la espalda al Este.

—¡Quiero ver una vez más a mis padres! —no dejé de repetirme una y otra vez.

No supe cuánto tiempo había pasado cuando detrás de mí empecé a sentir un calor emergente que me calentaba la espalda y un brillo cegador fue cubriendo de derecha a izquierda toda la superficie de la cima.

Cerré mis ojos y me hice pequeña. Escuché una hermosa voz proveniente de aquel resplandor.

—¿Qué te trae por aquí pequeñita? Hace mucho que nadie me visita y menos alguien tan joven.

Yo estaba muy asustada, un nudo en la garganta no permitía salir mi voz.

—¿Que no tienes modales?¿No te han enseñado que a los dioses se nos adora de rodillas y viendo hacia nosotros?

Temerosa respondí:

—Me llamo Xhochì, nieta de Ikal, de la Tribu de Los Kiras, cerca del rio.

—¿Y qué te trae tan lejos de ellos? —preguntó.

—Quiero saber dónde están mis padres —respondí.

—Vaya una pequeña tan curiosa —alzó la voz en tono burlesco—. ¡Qué encanto! Mira, Xhochì, supongo que ya sabes algo de mí o no estarías aquí ¿me equivoco?

—No —respondí, siguiendo en la misma posición y sin siquiera abrir mis ojos.

—Bueno, es claro a qué viniste, solo tienes que adorarme. Ponte de rodillas y voltea hacía mí. Mírame y te transmitiré toda mi sabiduría. Así de fácil es, una mirada tierna me pondrá para siempre muy feliz. Escucha atentamente, yo te puedo dar la sabiduría para que sepas donde buscar a tus padres. Tu padre está muerto y supongo que te gustaría que su alma deje de vagar sin rumbo, pero tu madre aun esta con vida.

Yo no dejaba de temblar. Mi madre estaba viva y yo la podría encontrar. Pero ¿y mi padre? tenía que buscar sus restos y honrarlo en el templo sagrado de los muertos, así descansaría en paz eternamente.

No lo pensé más, volteé mi cuerpo hacia Toxìl, me puse de rodillas, coloqué mis manos en mi rostro… apreté con todas mis fuerzas. Mi grito fue tan fuerte que hizo eco en toda la montaña.

Un fuerte viento comenzó a soplar, tuve que aferrarme a una roca para no ser arrastrada. Después el ensordecedor parloteo reinó.

—¡¿Pero qué has hecho niña? —preguntó sorprendida Tòxil.

Tenía en mis manos dos perlas blancas ensangrentadas. Un líquido caliente recorría mí rostro y caía sobre mi ropa haciéndose cada vez más espeso.

—¡Aquí está la mirada tierna para que siempre estés feliz mi Diosa! ¡Tómalas y entrégame ahora la sabiduría que me has prometido!

 

No recuerdo que pasó luego, creo perdí el conocimiento, estaba tirada en el suelo con pequeñas piedras encajadas en todo mi cuerpo. Me sentía débil, había un denso silencio en la montaña, solo podía escuchar el poderoso ruido del agua de la cascada. Ya no sentía el calor del resplandor.

Me arrastré hasta encontrar el camino de vuelta, bajé lentamente y con dificultad tentando el piso con mis pies y tocando la rocosa pared que me llevó hasta la cima. Llegué al árbol donde estaba mi caballo, lo monté y me llevó de regreso a la aldea.

Cuando llegué, los aldeanos y mis abuelos me esperaban. Me ayudaron a bajar del caballo, me cubrieron con una manta. Me detuve un momento antes de entrar a casa.

Se escuchaba el murmullo de la multitud que se silenció cuando me giré.

—¡La mujer de la leyenda es mi madre! Está entre nosotros. He heredado su espíritu de lucha y valentía. Otorgo la sanidad y libertad, su alma podrá habitar su cuerpo nuevamente y regresar del limbo. En agradecimiento por haber enfrentado a la Diosa Toxìl para curarme del mal, he ofrecido un tributo con el que será eternamente feliz y no tomara más almas.

 

Keren Preciado Altamirano Estudiante de literatura y artes visuales.
En 2019 participó en  la exposición colectiva " En polvo te convertirás" 
en Casa Arteria  y  en 2020 en la  Décima Exposición Colectiva de alumnos 
del Centro de las Artes de San Luis Potosí

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