El delirio de Irene

Por María Luisa Castillo López

 

En la espalda de Irene el mar, desolado y mudo. De pie frente a una angosta y empinada calle de adoquines grisáceos, entorna la mirada porque el sol vuelve tan brillantes las piedras, que ciegan sus ojos y no distingue las dos hileras de casas flanqueando el camino. Sobre la arena, logra atisbar la vía desierta al tiempo que escucha con dificultad un murmullo lejano, como si de un grave rezo se tratara:

—Y del sopor consciente no quiere despertar…

Todo a su alrededor es quietud y, de pronto, la angustia se apodera de ella. Observa con horror creciente sus brazos, sus pechos, sus piernas. ¡Está desnuda! Su cara refleja vergüenza y dolor por igual y cuando trata de cubrir su desnudez, el llanto de un recién nacido la sorprende. Sus atormentados ojos advierten a unos metros de ella, un pequeño bulto del mismo color que los adoquines y olvida el apocamiento provocado por su desnudez.

Se acerca lentamente y antes de alcanzar el bulto, al llanto que proviene de él se suma el gradual murmullo cada vez más penetrante y amenazador:

—El romero crece sobre la tumba, el lirio corre sobre la marea…

Procede de una multitud muy peculiar que marcha en su dirección por la calle antes desierta; es una masa de hombres pequeños y calvos enfundados en túnicas multicolores, todos armados con gigantescas lancetas que, estridentes, raspan los adoquines a cada paso que andan.

Recuerda su desnudez y trata de cubrirse con los brazos, pero mira agitada el avance cada vez más veloz y temible del ejército de hombrecillos. La intuición le dice que van por el niño y a grandes pasos, como si volara, corre hacia él y lo levanta, examina su rostro y el desamparo que le percibe la conmueve de inmediato.

La cercanía de la aterradora falange de creaturas calvas vuelve su respiración dificultosa y nublada su vista. Aun así, inicia una carrera en la que pone el alma. Huye cargando en los brazos al infante desconocido, mientras en su enmarañada cabeza retumba el misterioso y enigmático murmullo:

­­—¡Oh, querida Señora! ¿Acaso no temes? ¿Por qué permaneces aquí soñando?

Entrada la noche continúa evadiendo a los de túnicas radiantes con el niño en brazos. Él ya no protesta, pero Irene sigue desnuda, afligida por ello y agotada luego de tanto acecho. Paradójicamente, en algunos momentos ha tenido la sensación de volar; cuando sube veredas sinuosas o salta las azoteas repletas de antenas y cacharros, o al aparecer en el aire los hombrecitos, tripulando animales voladores con hélices atronadoras y grandes ojos que proyectan afilados haces de luz, literalmente cortando la oscuridad mientras sus fauces chillan:

—¡La Señora duerme! ¡Oh, tal vez duerma un sueño perdurable, profundo!

El ejército de enanos no logra arrancarle al niño y siente al fin que él está a salvo en su regazo. Ahora se encuentra en una reposada playa, ocupando un escondite entre rocas, donde observa al sol aparecer atrás del mar, mientras el niño duerme. El cansancio la vence y en el letargo de su sueño escucha otra vez un quedo murmullo:

—¡Es horrible pensar en los pobres niños del pecado! Pues fueron los muertos quienes te llamaron.

Está de pie frente a una angosta y empinada calle. Atrás el mar, desolado y mudo.

—Sola con su destino…

Se sabe dolorosamente desnuda y a unos metros nota un pequeño bulto gris que implora.

—Y del sopor consciente no quiere despertar…

 

 

Nota aclaratoria:

Las líneas en cursiva son versos robados al gran Allan Poe, de su poema La Durmiente, dedicado a Irene, su primera esposa muerta.

 

 

 

María Luisa Castillo es comunicóloga de profesión e incipiente contadora 
de pequeñas historias por el mero gusto de ejercitar la imaginación 
y la memoria. De manera tardía se decidió a escribir, como un arma contra
el hastío de lo cotidiano y solo después de haber cumplido el primer 
tostón de existencia.

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