La generación de los dientes manchados

 

Esa tarde de sábado llevaba más de quince minutos en la esquina de la calle esperando el camión. Había quedado de visitar a unos amigos. Daba vueltas de una esquina a otra, maldiciendo entre murmullos al chofer y a la ineptitud de la línea Guadalupe por no aumentar el número de empleados y vehículos a disposición del usuario. Intentaba relajarme, a pesar de saber que elegí el ruta diecisiete, que se demoran por el largo recorrido que realiza. No obstante seguía maldiciendo mi suerte, pues minutos antes había salido furioso de casa cuando descubrí que mi madre en un arrebato de limpieza, resultado de un coctel de Clonazepam, Alprazolam, y Tafil, en vez de dormir por horas, decidió vaciar en la coladera del lava trastes media botella de vino de Porto y tirar a la basura unos quesos añejos que conservábamos en el refrigerador, que nos había traído mi hermano, después de una estancia en el extranjero. Antes de salir, en silencio la vi colocar en herméticos según tamaño y color, las verduras, embutidos, y guisos sobrantes, con un escalofriante orden. Un mes después de que mi hermano se fue, ella cerró su negocio porque intentaron asaltarla, y desde entonces ha estado bajo el influjo de esas drogas terapéuticas que le receta el doctor del seguro para los nervios. Desde entonces convivir con mi madre ha sido peor que vivir con un alcohólico mala copa. Le ha dado por incriminarme cada vez que pierde las llaves, el bolso, el celular o el control remoto de la televisión. Asegura que lo hago por un gusto malvado, o sólo para desquiciarla. Se la pasa repitiendo una y otra y otra y otra vez la misma anécdota o indicación. Pierde dinero o hace mal sus cuentas y luego les dice a mi padre y a mi hermana que le robé. Tira a la basura fotografías hechas trizas de momentos que tuvo con su madre y hermanas; todas ya fallecidas. Tuve una ingenua esperanza de que las cosas fueran a cambiar cuando cierto día me llegó una invitación para tramitar una tarjeta de crédito de un banco. Pensé que tal vez utilizando el crédito podría mudarme a un departamento. Sin embargo no estuve sujeto a tal por mi escaso historial crediticio; salí de ahí sin saber con precisión cuál experiencia había sido más vergonzosa en cuestión de rechazo, si fue la ocasión que no fui apto para donar sangre para una tía, o esa; como si se tratase de un ser infeccioso en la primera y un moroso en la segunda. Pensando en lo difícil que resultaba vivir con mi madre, de vez en cuando mecánicamente asomaba la cabeza a la calle con la esperanza de ver andar el camión. En una de esas fui testigo de cómo una mujer concentrada en el volante echaba en reversa el auto para estacionarlo mientras su hijo pegado a la altura del cofre de otro, le hacía señas indicándole la distancia que existía entre ambos. De pronto escuché un crujido; pensé que se trataba de la defensa y la placa del otro coche, pero el aullido del hijo seguido del impacto confirmó que se trataba de su pierna. Ya que inmediatamente gritó: ¡Mi pierna, mamá! ¡No mames, mamá! ¡Mi pierna! Pero la mujer seguía empeñada en estacionar el auto hasta que los manotazos que dio el hijo en  la cajuela del vehículo la hizo volver en sí y darse cuenta de la situación. Seguí esperando, viendo al chico cojear y entrar al coche para que ella lo llevara al hospital. Y justo cuando arrancó y el calor a la sombra comenzaba a desquiciarme llegó Marco; un vecino de la colonia: ex cliente de la lavandería que tuvo mi madre; hacía meses que no hablaba con él. Sobre todo porque de cierto modo cada vez que me veía a distancia según él, lograba pasar desapercibido y esquivarme, porque le quedó a deber un servicio de ropa. Me miró sorprendido. Alzó tímidamente la mano derecha en señal de saludo. Respondí imitándolo. Entonces se acercó y me dijo:

–¿Llevas mucho?

–Algo –respondí displicente.

Luego reconocí que llevaba puesta la camiseta de la selección de Portugal que tenía extraviada; esa que mi hermano me envió por paquetería a escasas semanas de su estancia.

–Siempre se tarda.

–Sí –dije clavando la mirada en la camiseta y luego en sus ojos.

–Mi tía fue en verano a Europa. Hizo un recorrido por Holanda, Francia, Alemania, Bélgica y demás países –se aventuró a contar.

–Ya –respondí enfadado y con la mirada fija en su torso. Sin embargo, parecía no darse cuenta de lo que sucedía.

–Me contó que allá para nada es parecido a esto. Que los autobuses, los trenes y camiones pasan a la hora exacta que están anunciados. Y si se trata de un recorrido de horas sólo esperan un  minuto y vámonos, se van. Y si alguien por equis o ye cosa no alcanzó a subirse, o llegar a tiempo: se amoló.

–Así pasa en los países de Europa central. Me dijo mi hermano. Pero que en España y Portugal no es así –respondí tratando de insinuar que traía mi camiseta.

Hubo un silencio. Entonces agregué:

–Me dijo que ahí el metro demora, o no tiene orden, a pesar de que cuentan con pantallas en los andenes donde anuncian el tiempo que tardará en llegar el próximo convoy. Y que lo mismo ocurre con el tranvía en Lisboa. Rara vez llega a tiempo.

En vez de entender la indirecta dijo:

–La otra vez estuve esperándolo cuarenta y tres minutos.

–¿Ah sí? –respondí con vaguedad.

Era obvio que él comprendía lo que estaba ocurriendo. Y el error que había cometido al traer esa camiseta puesta; encima detenerse a saludarme y no pasar de largo, como otras veces lo hizo. Mi hermano compró la camiseta en ese país un par de meses atrás, porque hizo una estancia de verano. Supuse que él lo sabía, ya que mi madre cada que tuvo oportunidad le contó a sus clientes que estaba estudiando allá. Pero parece que Portugal fue una decepción. Me contó que una noche en una plaza de Porto fue testigo de cómo un tipo bofeteaba a su perro y le daba puñetazos en el lomo por una tontería: no acatar una orden. En otra ocasión, vio en un jardín a una anciana indigente echada bajo un árbol, con las piernas abiertas y la falda a la altura de los muslos, arrancándose con los dedos los vellos púbicos; le dijo de cosas y correteó cuando la descubrió. Por todas partes encontraba gente melancólica, edificios mugrientos, capillas, monasterios, castillos e iglesias derruidas y atacadas por la humedad. Y lo peor es que mi hermano ya no era el mismo. Estaba como en una suerte de limbo, pues cada que hablaba sobre ese lugar se notaba que sentía nostalgia por aquel sitio estando acá, pero a la vez también sentía nostalgia por haber dejado algo aquí mientras estaba allá.

–¡Me cae! Hasta los conté, porque me paré aquí a las once quince según mi reloj–hizo una pausa. Miró su reloj. Continuó–. Y el camión llegó a las doce tres.

–Pues parece que hoy también pasará pasada la media –respondí enfadado.

De pronto caí en cuenta del drama y berrinche que estaba haciendo por la demora de un camión y por no saber cómo decirle a un cuarentón patético que esa era mi playera.

–Encima es sábado –dijo Marco asomándose a ver si llegaba. Luego volviéndose hacia mí me preguntó–. ¿A dónde vas?

–Al centro.

–Yo también. Voy por el República.

Supuse que iba al local de herbolaria que su padre en vida les heredó a él y a su hermana en el mercado. Por mi madre también me enteré que desde que comenzó a trabajar en un puesto de hamburguesas instalado en un viejo camión, su cuñado se había encargado de apropiarse del negocio. Tuve ganas de preguntarle si iba a la herbolaria, pero por un extraño impulso de compasión me limité a comentarle:

–Quedé de verme con unos amigos que viven por Reforma, pero ya voy tarde.

–Yo voy a pasear un rato. Y hacer tiempo. Aprovechando que ya no trabajo.

–Ya –dije cuando el camión dio vuelta al final de la calle y apareció.

–Vamos a cruzarnos –dijo y le hizo la parada cuando se aproximaba.

Subimos y pagamos cada quien su pasaje. Fui hasta los asientos del fondo; para mi sorpresa Marco me siguió, instalándose a mi lado, mirando hacia todas partes; como un perro sobre estimulado que sube a un coche. El camión arrancó. Una vez que nos sentamos me invadió una rara sensación de impotencia, tedio y desesperanza a causa de lo resignado que me encontraba, pues no tuve más opciones para evitar soportar su charla y presencia al menos durante los veintitantos minutos que duraría el trayecto hasta su destino; y realmente no sabía de qué forma, modo o manera decirle que esa era mi camiseta, porque me causaba vergüenza o misericordia evidenciarlo. Por un momento contemplé las casas de la colonia, ausente, extraño a mí mismo. Hastiado de estar ahí; de haber coincidido en ese mismo camión con Marco. Entonces atrajo mi atención una peculiar escena, quizá por simple morbo cuando reconocí a otro vecino de la edad de mi hermana mayor. Capturé justo el momento en el que su mujer le arrojó un juego de llaves a la cara. Él sólo se concentraba en hacer aspavientos; me recordó a las cucarachas cuando uno las degüella y siguen moviéndose de forma frenética, aferrándose a no morir; al parecer el tipo tampoco se resignaba a una inminente separación. Por extraña o ruin razón cuando ella le dijo algo determinante, me fascinó ver cómo fue desencajándose la sonrisa de esperanza que conservaba en el rostro. Recordé en ese momento haber sido testigo otras veces de una situación similar con otros tantos cabrones. Rictus y contracciones que solían hacer cuando intuyeron que todo estaba perdido en la relación; todo se había ido al carajo y ellas no soportaban verlos o escuchar más; convencidas de no volver, por más súplicas, argumentos y promesas les dijeran. Supuse en ese instante que tal vez el mismo semblante, la misma cara de estúpido puse con las mujeres que me pasé de cabrón, y mandaron bien merecido a la mierda ya cuando explotaron a causa de un profundo resentimiento que las minaba, y se expandía como bacterias en las capas de un tejido en descomposición.

–Mi ex jefe es un hijo de la chingada –dijo Marco de pronto.

Seguía volteando como un perro hacia todas partes, pero asegurando de que nadie lo viera o hubiese escuchado.

–¿Ah, sí?

–Nombre, no hay quien le aguante el trato y el ritmo que quiere en el jale. Fíjate –dijo blandiendo el dedo índice–. Todos los días salía de la casa a eso de las doce de la tarde y regresaba, si bien me iba a las dos de la mañana. A veces hasta eso de las cuatro. Échale cuentas, ¿Cuánto dormía?

–No sé –respondí indiferente.

Ni ganas de hacer cuentas de las horas que según él dormía, ni la situación con su ex jefe me interesaba. De antemano sabía que era un cuarentón mediocre y cobarde. Uno más como tantos otros vecinos de su generación -a diferencia de mi hermano-, que desperdiciaron una serie de oportunidades en su miserable juventud, y viven al día de meseros en las cantinas de la colonia, lavando los coches de los vecinos, vendiendo jugos y pan integral, de choferes en ciertas rutas. Y en los más jodidos casos, esperando afuera de los baños y vapores de la esquina para dejar que se las chupen y paguen empresarios viejos, burócratas, políticos, y demás funcionarios públicos que frecuentan el sitio, o de dílers arriesgándose a que en una de esas los desaparezcan un rato, y terminen en una bolsa negra de plástico desmembrados, colgados en los puentes, o decapitados en una zanja de aguas negras por ofrecer cocaína y cristal, a pesar de saber que la plaza ya está tan peleada por varios cárteles. Podría haberle comentado que bien pudo evitarse todo eso enumerando las oportunidades que tuvo: el negocio de la herbolaria que usurpó su cuñado, la insistencia de su padre para que estudiara una carrera cuando este vivía, o la visa que le tramitó para trabajar en Estados Unidos; sitio donde decidió no ir sólo por no saber inglés. ¿Pero quién carajos era yo para creer tal autoridad y decirle todas esas cosas? Más allá de ser un vecino resentido porque no le pagó un servicio de lavado y secado de ropa a su madre, y porque seguramente la señora que le ayudaba, echó por error una camiseta a otra carga de secado; fenómeno que ocurría a menudo cuando ella iba a la frutería y se ausentaba unos minutos. Entonces decidí escucharlo con cierto interés.

–¡Cinco horas! Sin contar las dos que me quedaban para lograr dormir, comer y bañar.

–Una chinga supongo.

–¡Vaya chinga de todos los días! Porque así –dijo blandiendo el puño–. Así de gente se me juntaba. Haz de cuenta moscas en la miel –hizo un cálculo mental y dijo–. Fácil atendía a unos trescientos clientes a diario. Desde las cinco de la tarde estaban ahí. Porque para ese momento ya tenía que haber terminado de picar jitomate, cebolla, lechuga, tocino, jamón y chile. Rayar el queso blanco y amarillo. Pelar y cortar las papas. Para luego aventarme entre cuatrocientas a seiscientas hamburguesas y hotdogs, unas cien banderillas y otras cien ordenes de papas. Échale cuentas. Eso todos los días. Sólo descansaba uno a la semana; y ese él lo elegía. ¡Encima no me daba para el taxi! Así estuviera haciendo un chingo de frío y yo saliera bien caliente por estar cerca de la freidora y la plancha. O que estuviera lloviendo. ¡De hecho esas veces goteaba el chingado camión! Y ahí estoy atendiendo y al mismo tiempo poniendo bolsas de plástico en una y otra parte de la oxidada lámina carcomida del techo que se hacía polvo si le amarraba las bolsas. ¡Nombre, si todo le dolía a mi ex jefe! Y si no invertía en su negocio, ¿crees que iba a darme para el taxi? A veces tenía que regresarme caminando desde la B. Anaya. Y con lo cabrón que está allá. Porque no señor, allá no es el Paseo. ¡Qué chingaos! Y ni modo de regresarme en mi bici. Es más, una vez me quisieron asaltar. Estaba en la avenida esperando el taxi. Pasó uno y se iba a detener, pero vio que un culero de pronto me arrinconó y dio un golpe en la cabeza que me descontroló. Hasta la gorra que traía salió volando. Yo nomás me agaché; me hice bolita. Y gracias a unos señores que gritaron desde la otra esquina el ojete se fue. Pero era para que el taxista se hubiera bajado a hacerme el quite. ¿No crees?

–No sé –respondí de modo maquinal.

–Encima ni sé pelear –confesó con desánimo.

–¿Y cuánto estuviste trabajando? –le pregunté con malicia.

–Dos años.

–Un rato –dije sorprendido, por el tiempo que logró durar trabajando en esas condiciones.

–No. ¡Y espérate! –dijo eufórico, sacudiéndome del hombro–. Haz de cuenta que yo le avisé desde un mes antes que iba a renunciar. Me dijo: <<Está bien, Marquito. Nomás hazme el paro de salirte cuando encuentre a alguien y después de que lo capacites.>> ¡Así que ya sabrás! Tuve que capacitar a un morrillo ingenuo de veinte años que me llevó a los tres días que le avisé que renunciaba. Yo feliz porque ya me iba –meditó un momento y continuó–. Dos semanas estuve enseñándole cómo era el jale y más o menos el tiempo que debe tardarse máximo en hacer cada cosa. Pero, ¿qué crees?

–¿Qué?

–A la tercera semana dejó de ir.

–Si –respondí mirando el reloj de la torre del museo del ferrocarril, agobiado porque apenas llevábamos la mitad del trayecto; encima sin saber cómo decirle que esa camiseta era mía.

–Se fue así nomás. No volvió a dar ninguna señal.

–¿Y qué hizo tu jefe?

–¿Tú qué crees?

–No sé.

–Pues no me dejó renunciar.

Tenía una extraña manía o insistencia por mirarme a los ojos y de algún modo obligarme a mirarlo; eso me inquietaba. Sólo apartó la vista cuando pasamos por un Pole Fitness, y vimos a cuatro chicas que resueltas y sudadas salieron a tomar el aire a la calle, inhalando y exhalándolo. Sonrientes caminaban en círculo girando sus cuellos, agitando los brazos y piernas con tal de relajar los músculos.

–De que hay, hay ¿O no?

–Sí –respondí con naturalidad.

–Valió la pena esperar tanto el camión.

No respondí. Quién sabe por qué motivo, en ese momento recordé a un compañero de secundaria, que en cierta ocasión cuando cursábamos el último año situados en el taller de carpintería sacó una revista porno; nos reunimos en torno a observarla, hacer comentarios, y de la nada él nos confesó que nunca se la había jalado. Luego pasados unos meses, y ya egresados, coincidimos en los lavabos de los baños de un salón de fiestas por los quince años de una compañera. Y mientras presionaba el botón del expendedor y caía el jabón líquido de coco en la palma de su mano, me miró desde el espejo y preguntó con un toque de malicia: ¿qué parece el jabón, ehh? No supe qué responderle.

–Hace poco me encontré en la calle a un amigo.

–¿Ah, sí?

–Tenía meses sin verlo.

–¿Y? –le dije molesto; me desquiciaba ese aire de drama y de misterio que le intentaba dar a cada comentario que hacía con sus pausas. Poco después reconocí porque me había acordado de aquella anécdota con mi compañero de la secundaria, pues Marco me miraba con esa misma insistencia con la que aquel me miró en el baño del salón de fiestas esa noche.

–Le noté luego luego algo diferente en la cara. No sé –pensó un momento y dijo–. Como que lucía radiante. Lo mismo que pasa con las mujeres embarazadas.

–¿Qué tienen las embarazadas?

–Se nota que algo les cambia.

–¿Y qué notas tú les cambia?

– El rostro.

–¿Pero de qué forma?

–Como que tienen más grasita. Ojos de mujer realmente enamorada y como que más felicidad.

–¿Y qué era lo de tu amigo?

–Pues cuando le pregunté que qué traía. Me contó que acababa de llegar de Laredo. Que la pasó bien porque se había estado comiendo a una cubana que se encontraba varada en la frontera esperando a un coyote de confianza que la cruzara.

Quise ignorarlo, darle una vaga u onomatopeya por respuesta, decirle: <<Bien por él>>, pero en vez de eso dije colérico:

–¡Por favor, créeme que esa luminosidad en el rostro de la que hablas seguro no le iba a durar más allá de unos diez minutos si acaso! ¡Y por más buena que haya sido la cogida!

–Pero el enamoramiento sí –replicó tajante.

No supe qué responderle porque me tomó por sorpresa; tanto él con su observación, como una señora de la penúltima hilera que se levantó y tocó el timbre, mirándome alarmada por el comentario que hice. Luego pensé cruelmente: ¿qué carajos sabía de mujeres este puñetero cuarentón?, si nunca se le ha conocido en la colonia una pareja, y la única relación o contacto que ha mantenido con ellas es mediante su hermana y su tía, ya que su madre murió cuando era un niño.

–Tal vez le dure uno o dos meses, pero luego conforme pasa el tiempo y se conocen más, son claras las diferencias y surgen los conflictos; ya sea financieros, emocionales, sociales; en algunos casos religiosos o espirituales. Por lo tanto se avecinan las riñas, el hastío, y por último el desamor y el resentimiento. Y eso sin contar el hecho de experimentarlos llanamente cuando se vive en pareja.

–Pero eso no pasa en todos los casos.

–Está bien. No en todos los casos se acaba el amor en cuestión de meses –respondí momentáneamente resignado. Luego agregué–: Pero es un hecho que todas las parejas pasan por momentos ríspidos por alguna de las diferencias que te dije. Y luego el fenómeno de la infidelidad. Ahí tienes una bronca más. Eso también surge en tantas parejas cuando están en la etapa del hastío.

Marco continuó mirándome en silencio. Noté cómo su rostro enrojecía. Hizo una mueca logrando una sonrisa tensa. Y dijo de pronto:

–¿Nunca te has enamorado?

–¿Qué? –respondí sorprendido.

–¿Que si nunca te enamoraste?

–¿Enamorarme, así enamorarme?

–¡Sí!

–No. Pues no. Siempre encuentro defectos en la otra persona. Desde el primer día que la conozco.

–Pues ahí está.

–¿Está qué? ­–pregunté molesto.

–No sabes qué es el amor.

–¿Sabes que traes puesta mi camiseta de Portugal? –le espeté espontaneo.

–¿Te acuerdas del Cachin?

–¿Qué tiene el Cachin? –respondí extrañado por la naturaleza de su pregunta.

–El que vive en la esquina de la iglesia.

–Ya sé que vive en la esquina de la iglesia –repetí haciendo mentalmente un recuento del orden de las casas.

–En la mera esquina. Cachin el chaparrito. Por eso le dicen Cachin, por cachito.

–¡Sí sé quién es el Cachin! El de la casa verde de barandal blanco –desgañité, porque parecía no escucharme.

–Sí. Ese que estuvo también en la Plan. De mi generación, y la de tu carnal. La generación de los dientes machados. La generación de los dientes cagados.

Recordé esa generación de la primaria en la que estaba mi hermano. Eran los de cuarto cuando yo cursaba el primer año. Les decían así porque todos los niños –excepto el Cachin y mi hermano que a la fecha lucen una dentadura común–, un tiempo bebieron agua de la llave. En esa época para crear supuesta agua de uso y evitar por un lado la caries, fluorizaron los pozos, dejando paradójicamente: secuelas de dientes carcomidos y manchados en cientos de niños potosinos. En su momento, nadie se había dado cuenta, porque es de ese tipo de cosas son en las que a nadie se le ocurre pensar, hasta que pasado un tiempo, vimos el resultado.

–¿Ese qué?

–Es amigo de mi ex patrón.

–¿Cómo sabes?

–A veces caía al negocio en las noches y se chingaba una hamburguesa con papas. Más o menos cuando sabía que él iba a estar con tal de que se la gorreara. Caía siempre antes de hacer el cierre.

–¿Pero qué pasa con el Cachin? –le pregunté extrañado ya cuando estábamos en las inmediaciones del mercado.

–El muy cabrón le dijo a mi patrón donde vivo. ¡Méndigo chaparro!

–¡No mames!

–Hace rato me habló el patrón de un número desconocido y me dijo que ya sabía dónde vivía y que iba a venir a buscarme para saber por qué no me he parado en el jale. Tengo una semana que no voy. Por eso te dije que iba a hacer tiempo. Para no estar en la casa.

–¿Qué? –dije sorprendido.

–Sobres. Ahí nos vemos.

Se levantó aprisa, presionó el timbre y una vez que se detuvo el camión, bajó volteando hacia todas partes. Luego cruzó errático la avenida; simulando no saber hacia dónde ir. Vi alejarse las carcomidas letras amarillas de la camiseta que decían: Cuaresma, hasta perderse entre los cargadores que bajaban de las camionetas de redilas en el área de carga y descarga costales de papa, zanahoria y naranjas en las espaldas. Cuando el camión arrancó, recordé a la mujer concentrada en el volante que echaba en reversa el auto para estacionarlo y a su hijo pegado al otro coche haciéndole señas. También el sonido de su pierna cuando crujió. Luego pensé: por lo menos lo mío con mi madre no podría haber sido peor.

 

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